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viernes, 1 de septiembre de 2017

El Príncipe. Maquiavelo (7/10)

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PENSAMIENTOS VARIOS


I
Si los  hombres que en las repúblicas ejercen un arte mecánica llegan a elevarse a las magistraturas, nunca se hallan en condiciones de gobernar como príncipes, porque sólo a obedecer aprendieron. Por consiguiente, no hay que confiar el mando sino a ciudadanos que nunca han obedecido más que a los reyes y la ley, como son los que de sus propias rentas viven


II
Los Romanos, apercibidos a librar batalla a los Galos, para resistir el choque inicial e inutilizar los primeros ataques del enemigo, pusieron a la cabeza los lanceros, contra su costumbre, para que el enemigo, ocupado en abatir las lanzas y detenido por este cuerpo, perdiese su impetuosidad y su ardor primeros


III
Amílcar, atacado durante una marcha por ambos flancos por los enemigos, varió súbitamente el orden de combate, es decir, que mandó ir a retaguardia a los que estaban a la cabeza y viceversa. Las dos divisiones enemigas, imaginándose que huía Amílcar, se pusieron en desorden para perseguirle; pero, atacadas durante la marcha por los que mudaban de posición por orden del general, fueron vencidas fácilmente


IV
Domiciano examinaba los días en que habían nacido los senadores y hacía perecer a aquellos a quienes la suerte era favorable y que eran capaces de llegar al Imperio. Hubiera mandado matar a Nerva, su sucesor, si un astrólogo amigo suyo no le hubiera persuadido de que no corría peligro alguno, en vista de que Nerva, por su avanzada edad no podía ya vivir mucho; gracias a esto le sucedió Nerva


V
Antonino el Piadoso respondió a un delator: <<En vano molestáis con vuestras delaciones a los emperadores: nunca conseguiréis que maten a su sucesor>>


VI
Como alguien acusase a Licino ante Trajano de querer asesinarle, Trajano se fue solo a cenar con el acusado, y al día siguiente dijo en presencia del acusador: <<Ayer podía matarme Licino>>


VII
Al dar Trajano el cargo de prefecto del pretorio a Licino, ciñóle la espada diciendo: <<Te doy esta espada, para que me defiendas si soy buen emperador y para que me mates si soy malo>>


VIII
Se debe ejercitar a los súbditos de un país en el oficio de las armas desde los diez y siete años hasta los treinta y luego licenciarlos; porque, pasada esta edad, los hombres se tornan indóciles y ya no quieren obedecer: crecen en maldad y disminuyen en fuerzas


IX
Si es verdad que el número de grandes hombres depende del número de Estados, hay que deducir de ahí que cuando éstos desaparecen, el número de aquéllos se disminuye con la ocasión de ejercer su capacidad. Cuando creció el imperio romano y destruyó todos los Estados de Europa y África y la mayor parte de los de Asia, sólo quedó lugar al mérito de Roma, y los grandes hombres escasearon tanto en Europa como en Asia. Como ya no había virtud más que en aquella capital del mundo, el primer germen de la corrupción llevó consigo la del mundo entero; y los bárbaros asolaron sin esfuerzo un imperio que había acabado con la virtud de los demás Estados y no pudo conservar la suya. El reparto que aquel diluvio de bárbaros hizo del imperio romano no pudo devolver a Europa la antigua virtud militar: primeramente, porque no se vuelve con facilidad a costumbres caídas en desuso; además, hay que acusar de ello a las nuevas costumbres introducidas por la religión cristiana, porque ya no hay tanta necesidad de resistir al enemigo. Antes, el vencido era asesinado o terminaba una vida miserable en eterna esclavitud. Las ciudades conquistadas eran saqueadas o se arrojaba de ellas a los habitantes después de quitarles todos su bienes; se los dispersaba por todo el mundo; en una palabra, no habían calamidades que no sufrieran los vencidos. Cada país, espantado de tantas desdichas, mantenía en constante actividad sus ejércitos y concedía importantes honores a todo militar distinguido. Hoy han desaparecido en gran parte los temores: casi siempre se respeta la vida a los vencidos; éstos no quedan mucho tiempo prisioneros y fácilmente recobran la libertad. Aunque una ciudad se subleve veinte veces, nunca es destruida; los habitantes conservan todas sus propiedades, y lo único que pueden temer es el pago de alguna contribución. Por eso nadie quiere someterse a las instituciones militares y sufrir el cansancio de los ejercicios por librarse de peligros que ya no se temen

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